domingo, 10 de junio de 2012

Paisaje... La tarde equivocada se vistió de frío


Paisaje

La tarde equivocada
se vistió de frío.
Detrás de los cristales,
turbios, todos los niños,
ven convertirse en pájaros
un árbol amarillo.

La tarde está tendida
a lo largo del río.
Y un rubor de manzana
tiembla en los tejadillos.

Canciones para niños. Canciones.
OBRAS COMPLETAS I. Madrid:
Editorial Aguilar, 1978. Col. Obras eternas.
 
 
Estamos ante un poema breve, grácil y amable que, aunque posee un interés menor desde un punto de vista temático (carece de un argumento muy elaborado), esconde un encanto luminoso, pleno de colorido y frescura y cada uno de sus versos porta recursos poéticos perceptibles ya desde una primera lectura periférica.
 Parte de una mera anécdota que se repite cíclicamente cada año (los cambios meteorológicos y estéticos que conlleva la llegada del otoño) para abandonarse a una bellísima y sencilla descripción provocada por la apertura absoluta de los sentidos del poeta hacia la maravillosa metamorfosis que convulsiona la flora de un hábitat boscoso cercano a sus sentimientos.
 En vez de enumerarnos como en una eterna cantinela escolar infantil las típicas y tópicas alteraciones que acompañan la arribada del otoño (decae la temperatura, las tardes se acortan, el viento revuelve los cabellos de los paseantes, los cristales se empañan por el calor del hogar y el frío exterior, los árboles pierden sus hojas y las que se resisten a descansar en el suelo se vuelven amarillentas, ocres y marrones, la lluvia vuelve a repiquetear sobre los tejados...) Lorca juega con las palabras, las introduce en su sombrero de copa y cual mago virtuoso las expone ante el público transfiguradas en globos de colores bañados de creatividad y fantasía.
 Así, para decirnos que el atardecer es extrañamente fresco construye una metáfora magistral: "la tarde equivocada / se vistió de frío". Podríamos decir que dota de poderes decisorios al tiempo y le permite "vestirse" como cualquier humano que se abriga ante el escalofrío que recorre su piel todavía morena por los calores del estío.
 Las hojas de muchos árboles se vuelven amarillas en otoño, pero esta obviedad natural y cronológica se transmuta en una estrofa impecable y evocadora cuando sobre ella fluye la pincelada cromática de Federico: "detrás de los cristales, / turbios, todos los niños, / ven convertirse en pájaros / un árbol amarillo". Al empeorar el tiempo y acortarse las tardes (y, por tanto, los tiempos de juegos exteriores) los niños se amontonan en los hogares y contemplan melancólicos el jardín entreteniendo su mirada con el vuelo disparatado (¡ahora hacia arriba, ahora hacia abajo!, ¡un rato verticalmente, otro repasando la línea imaginaria del horizonte!) de las hojas de los árboles que se balancean ya suave ya alocadamente siguiendo la melodía refrescante del viento. Las arbóreas copas se despiden taciturnas de sus hijas caducas y la savia vivificante parece elevarse hacia el firmamento en forma de pajarillos azafranados que huyen por miedo a la llegada del malvado frío.
 El crepúsculo, exhausto y abatido, se derrama sin aliento siguiendo el cauce del río: "La tarde está tendida / a lo largo del río". Y no podemos olvidar la luz cálida, anaranjada y bermeja que se apodera quedamente del cielo para recordar a todos los seres vivos que se aproxima la hora de mecerse en los brazos del señor del sueño: "Y un rubor de manzana/ tiembla en los tejadillos". El colofón de este exquisito poema no podía ser sino otra perla metafórica lorquiana.